
FELICES PASCUAS de RESURRECCIÓN
Domingo, 16 de abril – PASCUAS de RESURRECCIÓN
Francisco - Misa en Santa Marta 06/04/2017 - Homilía del Papa:
Pensar en la fidelidad de Dios
El Papa Francisco invitó a hacer “un día de
memoria”, poniendo de manifiesto que “en esta gran Historia, en el marco de
Dios y de Jesús, está la pequeña historia de cada uno de nosotros”:
“Los invito a dedicar hoy cinco minutos, diez minutos, sentados, sin
radio, sin tv; sentados y pensar en la propia historia: las bendiciones y los
problemas, todo. Las gracias y los pecados: todo. Y ver allí la fidelidad de
aquel Dios que permaneció fiel a su alianza, ha permanecido fiel a la promesa
que había hecho a Abraham, ha permanecido fiel a la salvación que había
prometido en Su Hijo Jesús. Estoy seguro de que en medio de las cosas, tal vez
feas – porque todos las tenemos, tantas cosas feas en la vida – si hoy hacemos
esto, descubriremos la belleza del amor de Dios, la belleza de Su Misericordia,
la belleza de la esperanza. Y estoy seguro de que todos nosotros estaremos
llenos de alegría”.
El Domingo de Resurrección (ó Domingo de Pascua) tiene lugar el 16 de
Abril de 2017. Es la fiesta más importante para todos los cristianos, que conmemoran
la Resurrección de Jesús. Se celebra en muchos países con procesiones y
celebraciones litúrgicas.
El Domingo de Pascua marca el final de la Semana
Santa, en la que se conmemora la crucifixión y muerte de Jesús.
Jesucristo con su muerte nos libró del pecado y nos reconcilió con Dios. La Pascua es
el triunfo de Jesús sobre la muerte y con su resurrección nos abrió las puertas
del cielo.
En la misa se recuerda este hecho con gran alegría y se enciende el Cirio
Pascual, que representa la luz de Cristo resucitado. El Cirio Pascual
permanece encendido hasta el día
de la Ascensión. La resurrección de Cristo es uno de los fundamentos
de la religión cristiana, porque atestigua su divinidad y la verdad de nuestra
fe.
TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa Francisco en la Vigilia Pascual 2016 VATICANO, 26 Mar. 16 / 10:30 pm (ACI).- El Papa Francisco presidió hoy la Vigilia Pascual a las 20: 30 hora local en la Basílica de San Pedro del Vaticano, donde pidió a los fieles no dejarse vencer por los miedos, la tristeza y la desesperanza, sino abrir “al Señor nuestros sepulcros sellados para que Jesús entre y lo llene de vida”.
“Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la
vida si permanecemos tristes y sin esperanza y encerrados en nosotros mismos”,
dijo. “Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados, para que Jesús
entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del
pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y
tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que
debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en
nosotros mismos”, explicó el Pontífice.
A continuación, el texto completo de la Homilía del Papa Francisco: «Pedro fue corriendo al sepulcro» (Lc 24,12). ¿Qué pensamientos bullían en la mente y en el corazón de Pedro mientras corría? El Evangelio nos dice que los Once, y Pedro entre ellos, no creyeron el testimonio de las mujeres, su anuncio pascual. Es más, «lo tomaron por un delirio» (v.11). En el corazón de Pedro había por tanto duda, junto a muchos sentimientos negativos: la tristeza por la muerte del Maestro amado y la desilusión por haberlo negado tres veces durante la Pasión. Hay en cambio un detalle que marca un cambio: Pedro, después de haber escuchado a las mujeres y de no haberlas creído, «sin embargo, se levantó» (v.12). No se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. Prefirió la vía del encuentro y de la confianza y, tal como estaba, se levantó y corrió hacia el sepulcro, de dónde regresó «admirándose de lo sucedido» (v.12). Este fue el comienzo de la «resurrección» de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla. También las mujeres, que habían salido muy temprano por la mañana para realizar una obra de misericordia, para llevar los aromas a la tumba, tuvieron la misma experiencia. Estaban «despavoridas y mirando al suelo», pero se impresionaron cuando oyeron las palabras del ángel: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (v.5). Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos. Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida. Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado» (v.6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará. Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo, y ni siquiera una actitud psicológica o una hermosa invitación a tener ánimo. La esperanza cristiana es un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a él. Esta esperanza no defrauda porque el Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones (cf. Rm 5,5). El Paráclito no hace que todo parezca bonito, no elimina el mal con una varita mágica, sino que infunde la auténtica fuerza de la vida, que no consiste en la ausencia de problemas, sino en la seguridad de que Cristo, que por nosotros ha vencido el pecado, la muerte y el temor, siempre nos ama y nos perdona. Hoy es la fiesta de nuestra esperanza, la celebración de esta certeza: nada ni nadie nos podrá apartar nunca de su amor (cf. Rm 8,39). El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo. ¿Cómo podemos alimentar nuestra esperanza? La liturgia de esta noche nos propone un buen consejo. Nos enseña a hacer memoria de las obras de Dios. Las lecturas, en efecto, nos han narrado su fidelidad, la historia de su amor por nosotros. La Palabra viva de Dios es capaz de implicarnos en esta historia de amor, alimentando la esperanza y reavivando la alegría. Nos lo recuerda también el Evangelio que hemos escuchado: los ángeles, para infundir la esperanza en las mujeres, dicen: «Recordad cómo [Jesús] os habló» (v.6). No olvidemos su Palabra y sus acciones, de lo contrario perderemos la esperanza; hagamos en cambio memoria del Señor, de su bondad y de sus palabras de vida que nos han conmovido; recordémoslas y hagámoslas nuestras, para ser centinelas del alba que saben descubrir los signos del Resucitado. Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo ha resucitado! Abrámonos a la esperanza y pongámonos en camino; que el recuerdo de sus obras y de sus palabras sea la luz resplandeciente que oriente nuestros pasos confiadamente hacia la Pascua que no conocerá ocaso.
